En la inauguración del año académico de nuestra universidad, emplazada en un territorio marcado por memorias y conflictos, la clase magistral de Cristóbal Bellolio desbordó el diagnóstico politológico para internarse en una dimensión más profunda: la crisis de la democracia como crisis de disposición espiritual.
Si el problema radica en la descomposición del vínculo, su reparación no puede reducirse a mecanismos procedimentales. Ninguna ingeniería institucional basta cuando se ha debilitado la capacidad de reconocer al otro como prójimo y se lo percibe, en cambio, como antagonista. De allí la relevancia de que Bellolio, sin apelar a adhesiones confesionales, rescate un legado cristiano con potencial cívico: la “caridad interpretativa”, entendida como la renuncia a fijar al otro en su falta.
Esta noción descansa en una antropología de la dignidad: nadie coincide plenamente con su caída ni se agota en su error. La posibilidad de redención y segunda oportunidad constituye un principio fundamental para la convivencia.
La escena evangélica citada —“quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra” (Jn 8,7)— conserva aquí toda su vigencia. No invita a suspender el juicio moral, sino a ejercerlo desde la conciencia de la propia fragilidad. No elimina la justicia, sino que la purifica de la soberbia. En la esfera pública actual, esta soberbia se expresa en formas reconocibles: ironía corrosiva, simplificación deliberada y exhibición de superioridad moral.
Una democracia requiere más que votos. Necesita ciudadanos capaces de no absolutizar el conflicto; hombres y mujeres dispuestos a admitir que el adversario puede errar sin por ello quedar expulsado del mismo mundo moral. Cuando esa convicción se pierde, el otro deja de ser rival y se vuelve impuro; deja de ser interlocutor y se transforma en amenaza ontológica. Entonces la política abandona la gestión constructiva de conflictos y degenera en un ritual de excomunión.
Quizás allí el acervo cristiano todavía tenga algo decisivo que ofrecer: una pedagogía del autoexamen de conciencia, una gramática de la misericordia, una disciplina de la mirada. No resolverá por sí sola los desgarros de la modernidad, pero puede impedir que toda diferencia culmine en enemistad absoluta. Y eso, en esta hora, no es poco: acaso sea una de las condiciones secretas de la amistad cívica, de la cultura de paz, la posibilidad misma de la vida democrática.